El cabildito y doña Marina

“La dureza de aceptar lo imposible”

El frío y el viento arrecian a finales de julio y la temperatura ronda los cero grados. La gente se desplaza deprisa y los más afortunados se refugian en el interior de los transportes colectivos. Una pista pedregosa conduce a un entorno idílico. La erosión cincela caprichosas formas acanaladas en las montañas. Aquí todo está teñido por el ocre de una tierra descarnada. Tras sortear rebaños de vacas, el taxi se detiene en medio de la nada. “Es aquí”, musita el conductor.

Por el camino se ha agregado Verónica Sagredo, una médica de unos 25 años. Verónica acarrea con su hijo Matías, de 5 meses, envuelto a modo de mochila, incluso cuando se traslada por caminos inciertos entre las espinosas acacias.

Al llegar, Marcelino viene a por nosotros. Es un campesino de 56 años, bregado y corpulento. Hombre de pocas palabras y mirada perdida. Se introduce en un cuarto marchitado por los cambios brutales de la temperatura y enseguida traspasa el umbral con una mujer menuda y ciega: doña Marina. “Empecé con unos terribles dolores de cabeza y he perdido la vista en un par de años”, nos dice doña Marina.

Los médicos le pedían entre 1000 y 1500 dólares por operar cada ojo, más otros 500 dólares en medicinas. Una fortuna totalmente inasequible para una familia que ha perdido sus vacas en una riada, y que ahora solo posee gallinas y recibe una insignificante ayuda del Estado.

Lamentablemente, Verónica confirma la mala noticia. Doña Marina no podrá ser operada, el glaucoma está demasiado avanzado y no hay remedio.

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2019-08-20T15:02:15+00:00